MI AMIGO
Tengo un amigo a quien todos creen feliz porque
siempre sonríe;
yo sé que no es así: es su manera de ponerle el pie
a la mala onda,
de exorcizar todo intento de mufa tan proclive en
la hora,
de conjurar ideas de derrota, alimento de los que
van dormidos.
Mi amigo no hizo ningún posgrado en optimismo
ni llegó a doctorarse en esperanza fácil, que es otra
de las trampas,
y aún les digo más: de todas las materias de la dura
existencia
se lleva desde siempre a marzo la alegría,
pero después la rinde apenas con un cuatro, zafa y
sigue la vida.
Porque mi amigo no es un iluminado,
es un hombre común, de pan medido, de vino justo
el vaso,
lo necesario para seguir cuerpeando sin invadirse
de alaridos.
A mi amigo no lo arrean con consignas políticas
que vienen desde atrás de su abuelo con los
mismos engaños.
El sabe que la cosa pasa por otro lado:
por la ideología y no por las doctrinas;
descree de la marcha partidaria de ardor
descamisado.
Porque acusó los golpes de vientos repentinos
no entorpece la rueda de la historia que avanza,
y como aquel poeta popular y coplero que anduvo
a su costado
sostiene la verdad incontrastable:
el que no cambia todo, no cambia nada.
Si alguien dice: “Perdimos”, él no se amilana,
contesta: “Ya habrá otra; la guerra es una suma de
batallas;
nadie puede encuadernar la historia, ponerla en un
estante,
pretender escribir fin en la última página.
La verdad de los pueblos es el fuego puesto en el
amor
o el amor hecho fuego, que son la misma cosa,
el no querer ya más comerse el hambre,
la lucha del constante crecer;
es la dialéctica desencuadernada”.
Así es mi amigo, que a veces cuando ríe lo hace
con lo justo
y apenas si le alcanza.
Pero sí la sonrisa abierta, humana, franca.
Por eso es que a mi amigo con amar y luchar y
sonreír, le basta.
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